miércoles, 20 de agosto de 2014

El año 1830 cuando Stendhal pintó a París de rojo y negro




En la introducción a la obra Rojo y Negro, cuya edición poseo, se recoge una expresión de Stendhal que decía que todas las mañanas leía una página del Código Civil antes de irse a trabajar, para tener un modelo de claridad expresiva.

Buscando en mi cementerio de los libros olvidados, cuan el personaje  de las  obras de Carlos  Ruiz Zafón,  encontré un libro que recuerdo haber leído en mi adolescencia, lo que motivó a que comenzara a hojearlo, y en la medida que lo hacía me iba entusiasmando, al punto que lo leí completo. Lo escribió Henry Marie Beyle, conocido literariamente como Stendhal, nacido en Grenoble, aquel territorio francés al pie de los Alpes, que posteriormente, el 10 de febrero de 1892, sus jueces dictaran una importante sentencia a propósito de la interpretación del Art. 1394, párrafo 1ro. del Código Civil, sobre la responsabilidad del guardián de la cosa inanimada, que repercutió en la célebre sentencia de la Cámara Civil de la Corte de Casación francesa, de fecha 16 de julio de 1896, que “descubrió” ese artículo del Código Civil.

Stendhal no sentía ninguna simpatía por el pueblo que lo vio nacer, a quien llamó “el innoble estercolero” o “cuartel general de la mezquindad”, según unos autores, y según otros dijo  de su ciudad natal: “Todo lo que recuerda a Grenoble me produce horror. Horror aún es una palabra demasiado noble: me da náuseas”. Esta referencia a su pueblo me pareció mucho, aunque por otros motivos y otras circunstancias a lo expresado por el abogado Derville, en la obra de Balzac El Coronel Chabert: “Usted va á tener ahora el disgusto de conocer todas esas cosas allí, dijo señalando a París; yo me voy á vivir al campo con mi mujer: París me causa horror”.

La obra a la que me refiero es “Rojo y negro”, publicada en el año 1830, años antes que publicara la otra famosa obra del mismo autor “La cartuja de Parma”, que lo fue en 1839. El autor del título bicolor nos retrata la sociedad francesa de la época de la Restauración borbónica.

No voy a comentarles que esa obra trata de la vida, pasión y muerte de Julián Sorel, joven campesino que siendo una especie de monaguillo al servicio del padre Chelan, se aprende de memoria la Biblia, en su versión latina, supongo que la traducción que había realizado San Jerónimo, del hebreo y griego al latín, llamada la vulgata. No relataré del maltrato de que era objeto por parte de su padre en razón de su dedicación a la lectura, principalmente de las Memorias de Santa Elena, de su admiración por Napoleón Bonaparte y de su poca afición al trabajo de carpintero, que era el oficio de su padre y de sus hermanos. Mucho se ha escrito sobre esta magnífica obra.
Tampoco…

… voy relatarles que por sus conocimientos y educación Julián, recomendado por el padre Chelan,  pasó a ocupar la posición de preceptor de los hijos del matrimonio del señor y señora Rênal, enamorándose de esta y a quien ella correspondiera de una manera tal que hizo quebrar su juramento de fidelidad a su marido, entregándose sin ninguno tipo de reservas, a pesar de los demonios que por esa infidelidad se habían desatado en su cabeza, atribuyéndole la enfermedad de su hijo Estanislao Javier  a esa infidelidad.

 … darles a conocer las circunstancias en las cuales ingresó Julián al seminario, y de las peripecias que pasó durante el tiempo que permaneció en ese centro, y de la protección que le ofreció su director,  el abate Pirard.

… de como el protagonista de la obra es recomendado por el abate Pirard para ser secretario en París del marqués de La Mole, donde brinda a su jefe un excelente servicio y se codea con la alta sociedad parisina de la época y de sus bonanzas hasta que llega a enamorarse, y lo logra, de Matilde, la hija del marqués de La Mole y de la marquesa de La Mole,  quien a pesar de su inconsistencia en el amor, queda embarazada, lo que llena de furia al padre de la amada.

… del desencanto de aquel compañero de Julián en su viaje a París, que comenta que abandonaba su vida provinciana, porque a pesar de nunca ocuparse de la política, tenía que huir del retiro que se había procurado luego de irse de París para buscar en el campo las frescuras de los bosques y la tranquilidad, precisamente por causa de la política. Que su desgracia había comenzado cuando quiso dar doscientos o trescientos francos anuales para los pobres, pero se lo pidieron para las asociaciones de carácter religioso, y al negarse comenzaron los insultos. Que hasta el juez de paz, hombre honorable, pero por temor a ser destituido, siempre falló en su contra. 

… las estratagemas a las que recurrió el marqués con la finalidad de salvar el honor de su hija Matilde, mancillado a consecuencia del embarazo de su hija, el cual troncha su posible matrimonio con el noble Croisenois. Y de como a consecuencia de esto Julián adquiere una relevancia social y económica de mucha importancia.

… de la reacción de Julián al enterarse mediante una carta enviada por la señora Rênal, primer amor de Julián y causa de su muerte, al marqués padre de Matilde, lo cual lo lleva en un acto de locura a trasladarse hasta Verrieres y cometer en la iglesia un atentado contra la vida de la señora Rênal a quien no logra matar, pero si herirla en la espalda, lo que lo lleva  a prisión en espera del proceso judicial en su contra.

Pero, tampoco quiero comentarles…

… de la actitud asumida por el padre de Julián, el viejo y desconfiado aserrador, cuando fue a visitar a su hijo en la cárcel y al este manifestarle que tenía algunos ahorros y que el Señor lo había inspirado para que dejara a cada uno de sus hermanos mil francos y el resto a su padre, este le dijo: “De acuerdo; no olvides que ese resto me lo debías; pero, ya que Dios te hizo el favor de tocarte en el corazón, si quieres morir como buen cristiano es necesario que empieces por saldar tus deudas. Todavía están pendientes los gastos de tu educación y alimento, que  yo adelanté y de los cuales nunca te has acordado”.

… de los esfuerzos y tráficos de influencias tanto de Matilde como de la propia víctima, quien le reitera a Julián su amor, así como del empeño del abogado defensor por obtener un descargo de su cliente, siendo en vano todos esos esfuerzos, pues al final Julián es condenado a morir en la guillotina.

… de cuando Julián, tratando de convencer a Matilde de que se case con el señor Croisenois, ella le dice que no sería posible a causa de su deshonra, expresándole él que su crimen, sin el móvil del robo, no tenía nada de deshonroso; que en algún tiempo un legislador consiga la supresión de la pena de muerte, y que entonces en ese momento habrá siempre una voz amiga que dirá: el primer esposo de la señora de La Mole fue un loco, pero no un pillo; que fue absurdo cortar aquella cabeza.

… de cuando el juez somete a Julián al correspondiente interrogatorio y ante su asunción de culpabilidad, declara: “Pero, ¿no se da cuenta que reconozco mi culpabilidad? Vamos mi estimado señor, puede tener la seguridad de que la presa no se le escapará. Tendrá la satisfacción de condenarme. Lo único que le pido es que me ahorre su presencia.

… de cuando el presidente del tribunal que lo juzgaba por atentar contra la vida de su adorada señora Rênal le pregunta a Julián si tenía algo que decir, expresando este: “Señores miembros del jurado: el horror que me inspira el desprecio, y que supuse poder desterrar en el momento de la muerte, me obliga a  hablar. No tengo, señores, el honor de pertenecer a su clase, motivo por el cual sólo ven en mí un modesto campesino que ha tenido el atrevimiento de sublevarse contra la modestia de su suerte”. “No les pediré  ninguna gracia. Tampoco tengo ilusiones vanas; sé muy bien que me espera la muerte y la considero justa. He atentado contra la vida de la mujer más digna de respeto, de todos los homenajes”.

… de cuando en su celda Julián dijo, en una referencia a las visitas constantes de Matilde, que ya les resultaban odiosas,  que la mayor desgracia de la cárcel era la de no poder cerrar la puerta de la celda.

… de como Matilde, una vez guillotinado Julián, y por lo tanto su cuerpo separado de su cabeza, entró en una habitación y encendiendo unas velas colocó la cabeza de su amado sobre una mesa y con pasión besaba en la frente, y luego, mientras un gran número de personas seguía el ataúd con el cuerpo sin cabeza, ella sola, encerrada en un coche, llevaba en sus rodillas la cabeza de Julián, y al quedar sola con el fiel amigo Fouqué una vez sepultado el ataúd,  enterró con sus propias manos la cabeza de quien le hizo perder precisamente la cabeza por amor.

Lo que me anima y  quiero destacar en esta entrada es cómo la influencia política ha cambiado no solamente el curso de la historia, sino también hasta los accidentes geográficos de los pueblos, como lo hizo el alcalde de Verrieres, el  señor Rênal,  esposo de la primera amante de Julián.

Verrieres es una pequeña ciudad francesa cercana a las montañas que separan Francia de Suiza, cuyo alcalde Rênal es el dueño de la fábrica de clavos del pueblo, a la cual debe su bonanza económica. Es un hombre de recio carácter, un poco empequeñecido por su condición de industrial y no de noble, que se caracteriza por su talento de hacerse pagar con la mayor exactitud lo que se le debe, demorando, en cambio todo lo que sea el pago de sus propias deudas. Es el propietario de una hermosa casa que ha sido construida con las ganancias obtenidas en su fábrica de clavos, sobresaliendo un gran jardín, lo que llama la atención porque en ese lugar los terrenos son muy costosos. Parte de ese jardín fue construido en tierra que ocupaba el aserradero del señor Sorel, lo cual para adquirirlo el señor alcalde tuvo que pagar una considerable suma de dinero y doblegar su orgullo ante el propietario de ese aserradero.

Las negociaciones entre el señor Rênal y el señor Sorel fueron muy intensas porque el aserradero utilizaba su fuerza motriz del agua proveniente de un riachuelo que atravesaba el pueblo, y su traslado a otro lugar de la ciudad conllevaría que no se podía utilizar el agua del riachuelo para el funcionamiento del aserradero. El señor alcalde garantizó al viejo propietario del aserradero que eso no sería ningún problema. En efecto, luego de unas exitosas elecciones y la gracia de unos amigos que tenía el señor Rênal en París, logró que el riachuelo público fuera desviado en su curso para que el nuevo aserradero del señor Sorel pudiera beneficiarse de sus aguas para el funcionamiento del mismo.


La actitud del señor alcalde Rênal es muy parecida a muchos políticos contemporáneos, que a fin de obtener beneficios particulares son capaces de desviar hasta el sentido de la historia. 

sábado, 12 de julio de 2014

“Me lo contó el Ozama"


Un libro cautivador, pero con lectores cautivos



Mientras el pasado 29 de junio asistía a la apertura de la mini feria del libro que con frecuencia organiza los domingos  la dinámica Verónica Sención en un reconocido centro comercial de la ciudad, comenté con algunos intelectuales y libreros expositores que acababa de leer un interesante libro que hasta que llegó a mis manos desconocía su existencia, de la autoría del prolífico Bernardo Vega con el título “Me lo contó el Ozama”. El desconocimiento de esa obra por parte de las personas con quienes conversé, y más en ese ambiente, me desconcertó, razón por la cual cuando regresé a mi hogar leí los créditos de la obra, y ahí encontré la respuesta.

Tal vez la razón de ser del poco conocimiento que de ella se tiene es que fue una publicación de Cumbre Nazca Saatchi & Saatchi, para la Fundación AES Dominicana, cuyo autor, como dije anteriormente es Bernardo Vega. Siendo así es lógico pensar que el mercado de circulación era un mercado cautivo, quizás para ser distribuidos entre amigos y relacionados.

“Me lo contó el Ozama” fue un obsequio de  la empresa patrocinadora por haber accedido a dictar una charla a sus empleados sobre los valores. ¡Confieso que me pagaron con creces lo que para mí no era más que una contribución a resaltar la buena conducta de los ciudadanos en la sociedad, pues se trata de una magnífica obra,  de cuyo contenido quiero comentarles mi impresión.

El Ing. Pedro Delgado Malagón, uno de nuestros sólidos intelectuales, en el “Preludio a las voces de un río”, que aparece en el misma obra, nos dice que “El espíritu de esta ciudad y sus manes tutelares habrán de agradecer a la tenacidad de Bernardo Vega el compilar y aprehender estas figuras y estos recuerdos que, cual Ofelia, ahogada de amos entre los sueños y las flores, se nos escapan en los caudales oscuros de un Ozama inextinguible. En el que, alguna vez, bien pudo Narciso mirar su rostro reflejado en el espejo de esas aguas claras y primaverales, que asombraran a los primeros errabundos de la Europa lanzada al abismo de un ensueño remoto y violento y desmedido”.

Un valor agregado que posee la obra es haber rescatado del olvido no solamente el poema “Romance al Ozama”, sino a su propio autor, el enigmático Juan Sánchez Lamouth, quien escribiera:

Deseo preguntarte río maestro
Que aún conservas leyendas de los colones y los filibusteros,
Si el pueblo fue hasta ti,
O fuiste tú que fuiste rumbo al pueblo.

Se trata de gran parte de la historia de la ciudad de Santo Domingo contada por el río que le da nombre a la obra: el río Ozama. Su autor pone en boca del río, convertido en un ameno narrador,  su propia opinión sobre los hechos relatados, así como la de otros historiadores, con documentos veraces.

El Ozama, ya no con sus aguas cristalinas, como las que poseía cuando comienza su narración y sin poseer “muchos pescados, de muy  hermosas lizas” y “grandes manatís”, sino esas aguas que arrastran miserias, mugre, contaminación y desesperanzas, nos cuenta la razón por la cual la primera ciudad de la isla, denominada La Isabela, fue fundada en el norte y posteriormente trasladada hacia sur, con el nombre de Nueva Isabela, y posteriormente Santo Domingo, para lo cual fueron convencidos los colonizadores por otro español enamorado de la india  Ozema, de que en esa parte de la isla era que se encontraba el oro.  Desde el principio el río aclara que su nombre no se debe a la india Ozema, sino que desde antes los indios taínos  lo llamaban así.

El río da su propia versión sobre las razones por las cuales la ciudad de Santo Domingo fue fundada en su margen oriental y no con su frente al mar, como debería haber sido, sino frente a él, explicando brevemente que de esa manera se protegía con los altos farallones existentes y porque además por el lado del mar este impedía su entrada, pues carecía de playa. Se lamenta el narrador de que los historiadores no se hayan puesto de acuerdo en cuanto a la fecha en que Bartolomé Colón fundó la ciudad que lo bordea, barajándose los años 1494, 1496,  1497 y 1498. Da testimonio de que sí fue trasladada a la margen occidental en el año 1502 por Nicolás de Ovando, quien llegó a la ciudad acompañado de más de treinta carabelas. Fue testigo del apresamiento y engrillamiento en 1498 del Almirante de la Mar Océana, don Cristóbal Colón, en una profunda fosa, encima de la fuente de agua en la ribera oriental.

En su amena narración el río Ozama nos recuerda que desde su desembocadura partieron flotas y personas que conquistarían nuevos mundos, como Francisco Pizarro, hacia Perú; Hernán Cortés, hacia México; Diego Velásquez, hacia Cuba; Rodrigo de Bastidas, hacia Panamá y Colombia y Alonzo de Ojeda, hacia Venezuela, entre otros. Allí apareció mucho oro, pues en esta isla tan solo aparecía en los ríos. Con nostalgia nos cuenta que con la conquista de Tenochtitlán en 1521, la ciudad de Santo Domingo comenzó a perder importancia.

Nos dice que Santo Domingo era tan pobre en el año 1690 que un visitante escribió que “celebránse los días de preceptos misas de noche, mucho antes de amanecer, porque de no ser así se quedarían sin oirla las dos tercias partes de la gente de ambos sexos, por no tener vestidos decentes en la ciudad donde todos son conocidos”

Nos relata las devastaciones de Osorio y sus consecuencias; diferentes invasiones de las grandes potencias y las veces que el pabellón nacional fue arriado y enhestado según el país del conquistador de que se tratara. Así como de las tropelías cometidas contra la ciudad y sus habitantes por los diferentes piratas, entre ellos, Drake. Nos explica el origen de Haití y las invasiones y lucha por la independencia que tuvimos que librar en diferentes épocas y contra diferentes naciones.

La narración le da mucha importante a la llegada antes de los seis años posteriores a la Independencia de 1844 de  dos americanos, uno de ellos llamado Melbye, quien se trasladó a la ribera oriental del río y pintó a color  lo que se puede considerar el primer cuadro sobre el entorno del río y tal vez el primer cuadro paisajístico hecho en la República Dominicano. El otro pintor, Camille Pizarro, descendiente de dominicanos, no usó colores, sino plumilla, pintando la playa occidental del Ozama. Ambas pinturas aparecen reproducidas en la obra.

En “Me lo contó el Ozama” aparece una pintura de Taylor, pintor importante que trabajaba para reconocida revista ilustrada, quien llegara en el año 1871 a bordo de la fragata de carbón Tennessee, en la cual se plasma el mercado de la playa, frente a la Puerta de San Diego, donde se observa la gran ceiba en el fondo y la báscula para pesar la madera preciosa que se exportaba, así como un buey, usual medio de transporte en la época.

Nos cuenta la obra la llegada en el año 1858 de la fragata norteamericana Colorado, considerado como el primer barco llegado al país que utilizaba carbón para su locomoción. Así como en el 1869 el buque Tybee, corbeta de madera con motor de vapor,  iniciaba el primer servicio regular ente Nueva York y Santo Domingo.  Pero también de la llegada durante el gobierno de José Bordas Valdez, en el año 1914,  del primer avión, que aterrizó en una zona llana de Pajarito, y del primer hidroavión.

Así discurre la obra, narrando con elegancia todos los acontecimientos más importantes  ocurridos en la ciudad de Santo Domingo: la construcción en el año 1876 del primer puente sobre el Ozama, construido de hierro y madera por un extranjero llamado Howard Crosby al cual había que pagarle para cruzarlo y que una corriente de agua lo destruyó; la construcción y destrucción parcial del puente Ulises Heureaux a causa del ciclón San Zenón; la ocupación norteamericana el año 1916; el encallamiento del acorazado norteamericano Memphys, en el antepuerto.

Ya en su parte final de la obra el río nos dice que el sátrapa Trujillo fue el que más lo perjudicó, no obstante haber adquirido fuerza política y militar desde la fortaleza Ozama, haciendo construir un feo y alto muro alrededor de ella para evitar que sus presos políticos pudieran escapar de la Torre del Homenaje, tapando el paisaje que por más de cuatrocientos años había caracterizado la ría y su entorno, un alto despeñadero sobre el cual se batían las olas. Pero también construyó toda una larga avenida bordeando el mar, que llamaría “US Marine Corps”. “Mi ciudad, que siempre tuvo de cara al curso fluvial, al lado pero no frente del mar… de espaldas al mar, ahora, de pronto, miraba hacia él, no hacia mí”.

La nostalgia de la obra se deja sentir cuando el río nos dice que los barcos de carga dejaron de venir por su cauce, así como los pasajeros, pues se fueron a otros ríos, excepto lo que ahora traen a grupos de extranjeros que solo pasan horas en sus aguas. Esos grandes buques de lujo se fondean en la margen oriental, pero debido al muro construido por el dictador sus pasajeros no pueden apreciar la fortaleza y sus peñascos. El poeta José Mármol, al contemplar mi deterioro, me describiría como una “superficie de luces agotadas donde apenas el sonido de la sombra suena”.

Concluye desgarradoramente el río: “La vida está llena de ironía: La noche que los dominicanos, por fin, salieron de ese señor, acribillándolo a balazos, lo hicieron precisamente en esa larga avenida que bordea el mar, y fue de ese mara, y no mi cause, los último que ve ese mal hombre”.

La obra “Me lo contó el Ozama”, en el fondo de lo que trata es de una crítica al estado en que se encuentra ese río que antaño tenía “muchos pescados, de muy  hermosas lizas” y “grandes manatís”, y hoy muere poco a poco con la indiferencia consciente de sus habitantes, que prefirieron darle el frente al mar y a él sus espaldas. ¡Qué pena que el auditorio donde el río expresa sus sentimientos no tenga mayor capacidad para escuchar sus lamentos!


domingo, 25 de mayo de 2014

Presunción irrefragable de comunidad de bienes en las uniones consensuales


Imagen Wikicommons

“La unión singular y estable entre un hombre y una mujer, libres de impedimento matrimonial, que forman un hogar de hecho, genera derechos y deberes en sus relaciones personales y patrimoniales, de conformidad con la ley”. (Art. 55, numeral 5 de la Constitución de la República”

El asunto de saber si una mujer que se encontraba unida a un hombre por una unión de hecho, denominada en la actualidad unión consensual y antes relación concubinaria, se beneficiaba de alguna protección de ley se planteó por primera vez en el ámbito de la responsabilidad civil extracontractual o responsabilidad delictual o cuasidelictual, y más específicamente, en el ámbito de los accidentes automovilísticos, al cuestionarse si ella tenía derecho a demandar judicialmente la reparación de los daños y perjuicios sufridos a consecuencia de la muerte de su compañero sentimental.

Era la época de la denominada familia natural, que solamente generaba derechos y obligaciones con respecto a los hijos que habían sido reconocidos, ya sea voluntariamente o a través de la acción en reconocimiento judicial de paternidad, a los términos de la ley núm. 985, de 1945, sobre Filiación de Hijos Naturales. Dado que el último tema lo abordamos con anterioridad en http://jorgesuberoisa.blogspot.com/2012/08/prescripcion-de-la-accion-en.html, por lo tanto nos remitimos a lo expresado en el mismo. Pero en la relación entre hombre y mujer, es decir compañeros o concubinos, la familia natural carecía del reconocimiento de la ley y en consecuencia no generaba derechos entre sí.

Para negarle calidad a la mujer para accionar en responsabilidad civil a consecuencia de la muerte de su concubino la jurisprudencia dominicana recurrió durante muchos años, de la misma manera que lo había hecho la francesa, a exigir los requisitos para el ejercicio de la acción judicial de derecho común, entre los que se encontraba la lesión de un interés jurídicamente protegido y la preexistencia de un vínculo de derecho entre el demandante y la víctima primaria. Era la época en que al decir del Dr. Salvador Jorge Blanco la tendencia de nuestra jurisprudencia era la de preservar el orden familiar legalmente reconocido, rechazando aquellas situaciones que tendían a introducir un elemento extraño en las instituciones familiares.

La relación entre un hombre y una mujer unidos no por el vínculo matrimonial comenzó a tener cierto reconocimiento legal en la República Dominicana con la ley 14-94, que crea el Código para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, al disponer en su artículo 19 que se entiende por familia, además de la basada en el matrimonio, la comunidad formada por un padre y una madre, o por uno de ellos y sus descendientes nacidos de una unión consensual o de hecho. Posteriormente la ley 136-03, denominada Código para el Sistema de Protección y  los Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes, en su artículo 58, literal a), comprende dentro de la familia el padre y la madre, los hijos(as) biológicos(as), adoptados(as) o de crianza, frutos de un matrimonio o de una unión consensual.

Las consecuencias de la vigencia de la ley 14-94 y de la 136-03 se hicieron sentir a nivel jurisprudencial. Es así como la Segunda Cámara (hoy Sala) de la Suprema Corte de Justicia mediante su sentencia del 17 de octubre de 2001, B.J. 1091, dijo “que las uniones no matrimoniales, uniones consensuales, libres o de hecho, constituyen en nuestro tiempo y realidad nacional una manifestación innegable de las posibilidades de constitución de un grupo familiar, y las mismas reúnen un potencial con trascendencia jurídica; que si bien el matrimonio y la convivencia extramatrimonial no son a todos los efectos realidades equivalentes, de ello no se puede deducir que siempre procede la exclusión de amparo legal de quienes convivan establemente en unión de hecho, porque esto sería incompatible con la igualdad jurídica y la prohibición de todo discrimen que la Constitución de la República garantiza”.

Pero no bastaba una unión consensual cualquiera para que ella generara derechos, sino que la misma sentencia estableció los criterios sobre cuya base esa relación podía generar derechos y obligaciones entre las personas vinculadas, y más allá de los mismos. Al efecto dicho tribunal  dijo: “…siempre y cuando esa unión se encuentre revestida de las características siguientes: a) una convivencia “more uxorio”, o lo que es lo mismo, una identificación con el modelo de convivencia desarrollado en los hogares de las familias fundadas en el matrimonio, lo que se traduce en una relación pública y notoria, quedando excluidas las basadas en relaciones ocultas y secretas; b) ausencia de formalidad legal en la unión; c) una comunidad de vida familiar estable y duradera, con profundos lazos de afectividad; d) que la unión presente condiciones de singularidad, es decir, que no existan de parte de los dos convivientes iguales lazos de afectos o nexos formales de matrimonio con otros terceros o en forma simultánea, o sea, debe hacer una relación monogámica, quedando excluidas de este concepto las uniones de hecho que en sus orígenes fueron pérfidas, aún cuando haya cesado esa condición por la disolución posterior del vínculo matrimonial de uno de los integrantes de la unión consensual con una tercera persona; e) que esa unión familiar de hecho esté integrada por dos personas de distintos sexos que vivan como marido y mujer sin estar casados entre sí”.[1]

A esos criterios o requisitos se adhirió posteriormente la Primera Cámara (hoy Sala) de la S.C.J. Sin embargo, en varias sentencias posteriores, aunque reconociendo los efectos de esas uniones consensuales y admitiendo la existencia de una sociedad de hechos entre ellos, se resistía a considerar que  esa relación originara la  presunción legal de comunidad de bienes que tiene el matrimonio. Expresó al efecto en el año 2005: “La relación de hecho no disfruta de la presunción legal de comunidad de bienes que tiene el matrimonio, al no existir regulación legal respecto a los bienes fomentados por los concubinos, y por no contar con el carácter contractual que caracteriza al matrimonio, lo que se materializa al momento de que el mismo es celebrado por ante el oficial del estado civil, puesto que la administración y suerte del patrimonio común el matrimonio está sujeta a los regímenes matrimoniales, que para ser aplicados a cada matrimonio en particular, se tomará en cuenta la voluntad expresa o no de ambos cónyuges de escoger alguno en específico, sea el de separación de bienes o el de la comunidad legal.”[2]

Durante algunos años en la jurisdicción civil de nuestra Corte de Casación prevalecía el criterio de que, si durante una unión consensual los concubinos aportan recursos de índole material o intelectual en la constitución o fomento de un patrimonio común, lo que en realidad se forma entre ellos es una sociedad de hecho, la cual puede ser establecida por cualquier medio de prueba, y sujeta a las reglas de partición que establecen los artículos 823 y siguientes del Código Civil.[3] Ese criterio jurisprudencial ha variado, como veremos más adelante.

A partir de la precitada sentencia de la Segunda Cámara del 17 de octubre de 2001 el proceso evolutivo de las relaciones de las uniones establecidas fuera del matrimonio tiene un saldo favorable a las uniones consensuales, reconociendo  la jurisprudencia no solamente que un concubino pueda derivar derechos tendientes a la reparación de los daños por la muerte de su compañero, sino que es la propia Constitución de la República  la que consagra que la unión singular entre un hombre y una mujer, libres de impedimento matrimoniales, que forma un hogar de hecho, genera derechos y deberes en sus relaciones personales y patrimoniales.

Como un reflejo de la continuación de ese proceso favorable a las uniones consensuales, y ya dentro del marco establecido por la Constitución de la República proclamada el 26 de enero de 2010, nos encontramos con la sentencia de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia del 3 de julio de 2013, que manteniendo los requisitos para que la unión consensual pueda generar derechos y obligaciones entre las personas vinculadas, que había exigido la Cámara Penal de la Suprema Corte de Justicia en su sentencia de octubre de 2001, varió su criterio anterior el cual se encontraba asentado en que “La relación de hecho no disfruta de la presunción legal de comunidad de bienes que tiene el matrimonio.”

Para variar su criterio, dicha Sala expuso, en uno de sus considerandos más significativos, lo siguiente:
Considerando, que para un mayor abundamiento vale destacar que, el criterio jurídico expuesto por la corte a-qua es compartido por esta Sala Civil y Comercial de la Suprema Corte de Justicia, en razón de que, si bien es cierto que el Código Civil Dominicano no reglamenta las relaciones que surgen del concubinato, no menos verdadero es que interpretar que las parejas unidas por este tipo de relación no tienen derechos, sería contrario a los principios constitucionales vigentes relativos a la igualdad, la dignidad humana y la familia, consagrados en los artículos 38, 39, y 55 de la Constitución y, especialmente, el numeral 5) del artículo 55, que establece  que, “la unión singular y estable entre un hombre y una mujer, libres de impedimento matrimonial, que forman un hogar de hecho, genera derechos y deberes en sus relaciones personales y patrimoniales, de conformidad con la ley”; que, además, al reconocer como derechos fundamentales los derechos de la familia en el numeral 11 del artículo antes mencionado, nuestra Carta Magna reconoce el trabajo del hogar como “actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social”; que, en efecto, mantener una visión contraria a tales conceptos constitucionales, estimularía y profundizaría la desigualdad e injusticia en las relaciones sociales y vulneraría derechos fundamentales de la persona humana, toda vez que al reconocer que la unión singular y estable, como la instituida en la especie, genera derechos patrimoniales y que el trabajo doméstico constituye una actividad económica que genera riqueza y derechos, además, es innegable, desde esta concepción, que los bienes materiales no son los únicos elementos con valor relevante a considerar en la constitución de un patrimonio común entre parejas consensuales; que, en consecuencia, al comprobar la corte a-qua una relación de concubinato “more uxorio” existe una presunción irrefragable de comunidad entre los concubinos, no siendo necesario exigírsele a la hoy recurrida, la prueba de la medida en que los bienes fomentados han sido el producto del aporte común, sin tomar en cuenta que dichos aportes no necesariamente deben ser materiales para la constitución del patrimonio común;”.[4]  

La jurisprudencia dominicana había enarbolado el principio de que el simple hecho de la existencia de la unión consensual o de concubinato no implicaba por sí sola una sociedad, salvo que la concubina no demostrara su participación en esa sociedad de hecho fomentada con su ex conviviente, la proporción en que ella contribuyó al incremento y producción de esa sociedad y cuáles fueron sus aportes a la misma.

Sin embargo, continuando su proceso en beneficio de las uniones consensuales, en la actualidad la jurisprudencia dominicana a partir de la existencia de una relación de concubinato “more uxorio” deriva las consecuencias siguientes:

Ø  Existe una presunción irrefragable de comunidad según la cual no se exige de la prueba previa de una sociedad de hecho;
Ø  Para la partición de los bienes no se requiere de la prueba de aportes materiales o intelectuales de los concubinos, bastando la prueba del concubinato existente entre las partes;
Ø  Que los aportes de los concubinos no necesariamente deben ser materiales para la constitución del patrimonio común; también son aportes cuando se trabaja en las labores propias del hogar, tarea que es común en nuestro entorno familiar como propia de la mujer;
Ø  Que el concubinato produce efectos asimilables al matrimonio;
Ø  Que la primera etapa, el tribunal apoderado debe limitarse a ordenar o rechazar la partición y, si la demanda es acogida,  le sigue una segunda etapa que consistirá en las operaciones propias de la partición, a cargo de los peritos, que se encargan de tasar los inmuebles e indicar si son o no de cómoda división;
Ø  Que la partición de la comunidad  creada por las uniones consensuales se rigen por el artículo  823 y siguientes del Código Civil,  y por lo tanto todo lo concerniente a la acción en partición y las contestaciones relacionadas con esta, incluidas las relativas a los bienes que conforman la masa a partir, incumben al juez comisionado para conocer de la partición;
Ø  Que el artículo 1399 del Código Civil, a cuyo tenor “La comunidad sea legal o convencional, empieza desde el día en que el matrimonio se ha contraído ante el Oficial del Estado Civil: no puede estipularse que comience en otra época”, solo regula la situación jurídica del matrimonio, no la de las uniones consensuales.
Ø  El artículo 815 del Código Civil dominicano, le reconoce a las partes el derecho de no permanecer en estado de indivisión.

No tenemos dudas de que la evolución de la jurisprudencia dominicana seguirá acercando cada día más los efectos de las uniones consensuales a las derivadas del matrimonio, no solamente por un mandato constitucional, sino también por una realidad social de nuestro país. Debemos apoyar ese proceso evolutivo.




[1] Subero Isa, Jorge A., Tratado práctico de la responsabilidad civil dominicana, núm. 109.
[2] Primera Sala, S.C.J., 4, 9 noviembre 2005, B.J. 1140, págs. 122-131, Luciano Pichardo, Rafael, Un lustro de jurisprudencia civil II (2002-2007), núm. 148.
[3] Primera Cámara, S.C.J., 20 agosto 2003, B.J. 1113, págs. 117-122, ídem.
[4] Primera Sala, S.C.J., 3 de julio de 2013, recurrente Antonio Veloz Méndez vs. Alvis Núñez Rodríguez. En el mismo sentido, Primera Sala, S.C.J., 18 de septiembre de 2013, recurrente Juan Francisco Abreu Castillo vs. Claudia Francisca García.