jueves, 6 de noviembre de 2014

La imprescindibilidad del Poder Judicial para la efectividad del arbitraje

Imagen: Google


En un post anterior[1] abordamos el tema del arbitraje en la República Dominicana. Hoy pretendemos establecer que en determinados momentos la eficacia del arbitraje depende del buen funcionamiento del Poder Judicial.
Por más paralelismo que se quiera o se pueda establecer entre la administración de justicia pública y el arbitraje siempre subyace la posibilidad de que en algún momento o al final, se produzca un vértice o convergencia entre ambas estructuras.
En el caso específico de nuestro país, el carácter autónomo del arbitraje se encuentra establecido por la ley cuando se sienta el principio de que no intervendrá tribunal alguno, salvo el mandato de la ley.
Independientemente de la discusión que pueda generarse con respecto a la naturaleza jurídica del arbitraje y de la fuente de nacimiento de la potestad que se le otorga a los árbitros para prevenir y dirimir conflictos y si vulnera o no el monopolio estatal de la jurisdicción, lo cierto es que la sumisión que hacen las partes a ese método alterno de resolución de conflicto, nace en el caso específico del reconocimiento expreso que hace la legislación dominicana de manera general, incluyendo la normativa interna como la internacional, pero de manera particular el reconocimiento que hace nuestra ley núm. 489-08 sobre Arbitraje Comercial, como una aplicación del principio fundamental de nuestros actos jurídicos que lo es el principio de la autonomía de la voluntad.
En la República Dominicana, el arbitraje está contemplado con una autonomía real, que no solamente tiene por finalidad solucionar, sino también prevenir de manera adecuada, rápida y definitiva los conflictos que se originen a consecuencia de las transacciones comerciales, sean estas nacionales o internacionales.
En nuestro país en cuanto al objeto del arbitraje, el principio general se encuentra establecido en el sentido de que todas las materias de libre disposición y transacción pueden someterse a arbitraje, con la condición de que se haga en consonancia y conforme a las disposiciones civiles y comerciales que resultaren aplicables, sin importar que se trate del propio Estado como parte del mismo.
Una saludable disposición de nuestra ley, que en el pasado había sido objeto de cuestionamientos y por lo tanto de controversias, es que cuando un Estado, dominicano o extranjero, o ya sea una sociedad, organización o empresa, propiedad o controlada por el Estado, no puede invocar las prerrogativas de su propio derecho o principio de soberanía, para sustraerse de las obligaciones emanadas del convenio de arbitraje, o de los resultados del laudo arbitral, agregamos nosotros.
En principio, todas las materias o asuntos son susceptibles de someterse a arbitraje, pero existen tres causales que constituyen obstáculos legales para el mismo. Un primer grupo comprende aquellos conflictos relacionados con el estado civil de las personas, dones y legados de alimentos, alojamientos y vestidos, separaciones entre marido y mujer (lo que incluye los divorcios según mi parecer), tutela de menores y sujetos de interdicción o ausentes; hay que observar que esta limitación para el arbitraje comprende mayormente lo que en nuestro derecho se denomina derechos extrapatrimoniales.
En un segundo grupo de impedimentos nos encontramos con todos aquellos casos que conciernen al orden público. Esta noción tan amplia como necesaria para el mantenimiento del orden preestablecido, con un fuerte componente social, moral y político es otra causa impediente del arbitraje. En nuestro país, no solamente el artículo 6 del Código Civil prohíbe cualquier acuerdo en ese sentido, sino que también la Constitución de la República proclamada el 26 de enero de 2010 dispone expresamente en su artículo 111 que  “Las leyes relativas al orden público, policía y la seguridad, obligan a todos los habitantes del territorio y no pueden ser derogadas por convenciones particulares”. Es importante hacer constar que la actual Constitución eliminó el criterio de buenas costumbres de las leyes que no pueden ser derogadas por los particulares.
Como se ve, los asuntos relativos al orden público no pueden ser objeto de ningún tipo de acuerdo, porque se trata de un imperativo constitucional.
Una tercera causa que impide que se celebre un acuerdo de arbitraje se refiere a todos aquellos conflictos que no sean susceptibles de transacción. Se parte de la idea de que si usted no puede transigir mediante un acuerdo de transacción, tampoco puede acogerse al arbitraje.
La fuente de nacimiento del arbitraje nacional se encuentra en el denominado: “Acuerdo de Arbitraje”, el cual consiste necesariamente en un acuerdo por escrito, mediante el cual las partes deciden someter a arbitraje de manera total o parcial las controversias que hayan o puedan surgir entre ellas, a consecuencia de una relación jurídica, sin importar que la misma nazca de un contrato o fuera de éste, lo que significa que no importa su naturaleza contractual o extracontractual.
En razón de que el acuerdo de arbitraje debe necesariamente hacerse por escrito es importante señalar qué se entiende por acuerdo escrito lo siguiente:
1ro. Aquel que está contenido en un documento firmado por las partes, lo que implica la existencia de un sólo documento que contiene la firma de las partes.
2do. Un intercambio de cartas, faxes, telegramas y correos electrónicos. Como en este caso se trata de un acuerdo por correspondencia es preciso esclarecer que en principio se trata de una oferta de arbitraje, que cae dentro de los denominados acuerdos por correspondencias, y que por lo tanto no basta con la oferta, sino que es preciso la recepción y aceptación del destinatario de la carta, faxes, etcétera, que haga el destinatario de la oferta de arbitraje.
3ro. Cualquier otro medio de telecomunicación que deje constancia del acuerdo y que pueda ser posteriormente consultado en soportes electrónicos, ópticos o de otro tipo. 
4to. Cuando en el curso de un proceso arbitral se haya procedido a realizar demandas y defensas y una de las partes afirma la existencia del convenio escrito y esa afirmación no es negada por la parte contraria.
Queremos destacar que según nuestro criterio, a pesar de lo categórica que es la ley dominicana en cuanto a exigir que el acuerdo de arbitraje deberá constar por escrito, esa exigencia no es a pena de nulidad del acuerdo, sino meramente para los fines de prueba. A favor de este criterio podemos argumentar, en primer lugar, el principio general de nuestro derecho que es el consensualismo: El “solus consensus obligat”, y en segundo lugar, el artículo 10 de la propia ley de arbitraje en cuanto a la afirmación de una parte de la existencia de ese acuerdo en el curso de un proceso arbitral no negada por la otra.
En la legislación dominicana, existen dos formas mediante las cuales se puede adoptar el acuerdo arbitral: o bien se hace en el mismo contrato, mediante el cual nacen las obligaciones de las partes contratantes, o mediante un acuerdo independiente.
En el primer caso, el acuerdo surge conjuntamente con el contrato y en el segundo caso el acuerdo puede surgir en el mismo momento en que se celebra el contrato pero separado de éste, o posteriormente a la celebración del mismo. En esta última situación si el acuerdo resulta afectado de nulidad, el contrato no corre la suerte del acuerdo, salvo el caso, claro está, de que se encuentre afectado por otra causa de nulidad.
Sin embargo, en el primero de los casos planteados, es decir cuando la cláusula de arbitraje forma parte del mismo contrato, ha sido objeto de cuestionamiento en doctrina y en jurisprudencia la cuestión delicada de saber si la suerte de la cláusula arbitral está unida a la del contrato en su conjunto.
El criterio generalmente aceptado en materia de obligaciones nacidas de un contrato general es que cuando se trata de una cláusula cualquiera de un convenio, los jueces están en la obligación de establecer si la cláusula impugnada ha sido la determinante e impulsadora del consentimiento de las partes para celebrar ese convenio. Si se comprueba que esa cláusula fue la que motorizó la voluntad de una de las partes, el contrato es nulo en toda su extensión. Si por el contrario, la cláusula no fue la determinante, pero sí está afectada de nulidad, ésta debe ser declarada nula, más el contrato se mantiene en los demás aspectos.
La discusión en nuestro país carece de importancia práctica porque la citada ley 489-08 consagra el principio de la autonomía del convenio arbitral, según el cual todo convenio arbitral que forme parte de un contrato se considera como un acuerdo independiente de las demás estipulaciones del mismo.
Sin embargo, hay un punto que queremos destacar y es la hipótesis que nos presenta el numeral 2) del referido artículo 11 en cuanto a que la inexistencia, nulidad total o parcial de un contrato u otro acto jurídico que contenga un convenio arbitral, no implica necesariamente la inexistencia, ineficacia o invalidez de ese convenio. En virtud de esta disposición, los árbitros son competentes para conocer y decidir sobre la controversia sometida a su pronunciamiento, incluyendo establecer conforme a las reglas de la materia de que se trata, las nulidades y vicios que contenga el contrato o el acto jurídico donde está contenido el convenio arbitral. De esto se deriva que los árbitros están facultados para apreciar las condiciones de fondo para la validez de los contratos que establece el artículo 1108 del Código Civil y que son, a saber: consentimiento de la parte que se obliga; su capacidad para contratar; un objeto cierto que forme la materia del compromiso; y una causa lícita en la obligación.
No obstante, no podemos soslayar lo que dispone la parte final del referido artículo 11, en cuanto a que cuando una sentencia judicial que haya adquirido la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada declara la nulidad total de un contrato, el convenio arbitral no subsistirá.
Esa disposición del artículo 11 debe ser completada con el numeral 1) del artículo 20 de la misma ley que dice: “el tribunal arbitral estará facultado para decidir acerca de su propia competencia, incluso sobre las excepciones relativas a la existencia o a la validez del acuerdo de arbitraje, o cualesquiera cuya estimación impida entrar en el fondo de la controversia”.
En cualquier circunstancia en materia de arbitraje debemos de tener presente el principio establecido en nuestra legislación y consagrado en el artículo 1165 del Código Civil, según el cual las convenciones sólo surten efectos entre las partes contratantes. Lo que significa que con respecto a los terceros el acuerdo arbitral no surte ningún efecto. 
Al principio dijimos que por más paralelismo que pueda existir entre la administración de justicia pública y el arbitraje, siempre subyacía la posibilidad de una convergencia entre ambas estructuras. De ahí surge la inquietud de establecer de qué manera el Estado interviene a través de sus órganos jurisdiccionales o de otra vía en auxilio del arbitraje.
La intervención del Estado hacia el arbitraje se pone de manifiesto de diferentes maneras. A título meramente enunciativo podemos señalar las siguientes:
1.     Reconoce su naturaleza autónoma (artículo 8 de la Ley).
2.     Protegiendo su competencia cuando dispone que en la materia no intervendrá en principio tribunal judicial alguno (artículos 8, 12 y el 21).
3.     Respetando los tribunales del orden jurisdiccional la autonomía de la voluntad de las partes frente a un acuerdo, proceso o decisión arbitral y cooperar de forma tal que reconozcan la capacidad de los árbitros y los principios de agilidad y eficiencia que caracterizan ese proceso, en cada una de las situaciones que esta ley de manera limitativa prevé su participación (artículo 9).
4.     Faculta a las partes de obtener medidas cautelares (artículo 13).
5.     Nombramiento excepcional de los árbitros (artículo 15).
6.     Establece la plataforma procedimental para la recusación de los árbitros (artículo 17).
7.     Asiste judicialmente para la práctica de pruebas (artículo 32).
8.     Pone a disposición de las partes la plataforma judicial para la impugnación del laudo mediante la acción en nulidad (artículo 39).
9.     Establece el procedimiento a seguir para la acción en nulidad del laudo (artículo 40).
10.                       Reconoce y dispone la ejecución de los laudos (artículos 41, 43, 44 y 45).
De manera muy particular queremos llamar la atención en cuanto a los conflictos que pudieran derivarse del ejercicio de la acción en nulidad contra el laudo arbitral.
Combinando las disposiciones de los artículos 39 y 40 de la ley podemos establecer que la única acción posible contra el laudo arbitral es la acción en nulidad, de características muy particulares, en los casos expresamente establecidos y siempre con la condición de que las partes no hayan renunciado previamente a ejercer todo recurso contra el laudo. Esta acción en nulidad, que cuando se trate de un laudo arbitral dictado en nuestro país, su conocimiento y fallo es de la competencia de la Corte de Apelación Ordinaria del Departamento Judicial de donde se dictó el laudo, solamente puede ser atacada tomando en cuenta las causales establecidas en el artículo 39 de dicha ley, a saber:
1.  Cuando una de las partes en el acuerdo de arbitraje se encontraba afectada por alguna incapacidad, o que dicho acuerdo no es válido en virtud de la ley a que las partes lo han sometido, o en el caso que nada se hubiera indicado a ese respecto en virtud de la ley dominicana.
2.     Cuando haya existido inobservancia del debido proceso con la condición de que se haya violado el derecho de defensa.
3.   En principio, cuando el laudo arbitral se refiere a una controversia no prevista en el acuerdo de arbitraje o cuando contiene decisiones que desbordan los límites de éste.
4.  En principio, cuando la composición del tribunal arbitral o que el procedimiento que se ha seguido no se ha ajustado al acuerdo entre las partes.
5.     Cuando los árbitros han resuelto cuestiones no susceptibles de arbitraje.
6.     Cuando el laudo arbitral es contrario al orden público.
En razón de que el artículo 40 de dicha ley establece como un obstáculo para el ejercicio de la acción en nulidad la renuncia a recurrir el laudo, es preciso determinar el verdadero alcance de esa disposición prohibitiva. Surge la pregunta, ¿realmente en todos los casos el ejercicio de esa acción está prohibida en presencia de una cláusula de renuncia a ejercer todo recurso?
A nuestro modo de ver, cuando el vicio que afecta al laudo arbitral consiste en que ha habido inobservancia del debido proceso, originándose una violación al derecho de defensa; o cuando los árbitros han resuelto sobre cuestiones no susceptibles de arbitraje; o cuando el laudo arbitral es contrario al orden público; en estos tres casos, la renuncia a su impugnación mediante la acción en nulidad no es efectiva, ni válida y cualesquiera de las partes que se encuentre afectada por esos vicios puede apoderar a la Corte de Apelación para su conocimiento y fallo.
Para sustentar nuestro criterio recurrimos al numeral 3) del ya referido artículo 39, cuando dispone que en los casos precedentemente señalados el tribunal puede apreciar de oficio esas irregularidades. Pero además, el artículo 45 referente a los motivos para denegar el reconocimiento o la ejecución de un laudo arbitral dispone en su numeral 2) que en los casos b) f) y g), los cuales son los mismos casos a que nos hemos referido anteriormente a propósito de los vicios que afectan el laudo arbitral que pueden originar la nulidad del mismo, pueden ser apreciados de oficio por el tribunal que conozca de la obtención de exequátur para la ejecución del laudo y por lo tanto se puede denegar el reconocimiento o la ejecución del mismo, cualquiera que sea el país en que se haya dictado.
Tanto en los casos previstos por el artículo 39 como por el artículo 45, subyace un carácter de orden público que no puede ser objeto de transacción o acuerdo en virtud tanto del artículo 6 del Código Civil como del artículo 111 de la Constitución de la República.
Finalmente en este aspecto es preciso señalar que cuando se trata de la violación de un derecho fundamental consagrado en la Constitución de la República, bajo ninguna circunstancia un acuerdo de arbitraje puede descartar previamente la posibilidad de que se invoque por ante el órgano de la constitucionalidad competente la nulidad de ese acuerdo, porque tal y como se ha establecido tratándose del debido proceso éste compromete reglas y normas de orden público constitucional, razón por la cual tanto su defensa como su control son irrenunciables, y con las mismas no se puede transigir.
Queremos  concluir diciendo que solamente en presencia de un Poder Judicial fuerte, consolidado e independiente, que pueda garantizar la aplicación de las normas relativas al arbitraje, puede tener éxito este método de resolución alterna de conflicto.

miércoles, 20 de agosto de 2014

El año 1830 cuando Stendhal pintó a París de rojo y negro




En la introducción a la obra Rojo y Negro, cuya edición poseo, se recoge una expresión de Stendhal que decía que todas las mañanas leía una página del Código Civil antes de irse a trabajar, para tener un modelo de claridad expresiva.

Buscando en mi cementerio de los libros olvidados, cuan el personaje  de las  obras de Carlos  Ruiz Zafón,  encontré un libro que recuerdo haber leído en mi adolescencia, lo que motivó a que comenzara a hojearlo, y en la medida que lo hacía me iba entusiasmando, al punto que lo leí completo. Lo escribió Henry Marie Beyle, conocido literariamente como Stendhal, nacido en Grenoble, aquel territorio francés al pie de los Alpes, que posteriormente, el 10 de febrero de 1892, sus jueces dictaran una importante sentencia a propósito de la interpretación del Art. 1394, párrafo 1ro. del Código Civil, sobre la responsabilidad del guardián de la cosa inanimada, que repercutió en la célebre sentencia de la Cámara Civil de la Corte de Casación francesa, de fecha 16 de julio de 1896, que “descubrió” ese artículo del Código Civil.

Stendhal no sentía ninguna simpatía por el pueblo que lo vio nacer, a quien llamó “el innoble estercolero” o “cuartel general de la mezquindad”, según unos autores, y según otros dijo  de su ciudad natal: “Todo lo que recuerda a Grenoble me produce horror. Horror aún es una palabra demasiado noble: me da náuseas”. Esta referencia a su pueblo me pareció mucho, aunque por otros motivos y otras circunstancias a lo expresado por el abogado Derville, en la obra de Balzac El Coronel Chabert: “Usted va á tener ahora el disgusto de conocer todas esas cosas allí, dijo señalando a París; yo me voy á vivir al campo con mi mujer: París me causa horror”.

La obra a la que me refiero es “Rojo y negro”, publicada en el año 1830, años antes que publicara la otra famosa obra del mismo autor “La cartuja de Parma”, que lo fue en 1839. El autor del título bicolor nos retrata la sociedad francesa de la época de la Restauración borbónica.

No voy a comentarles que esa obra trata de la vida, pasión y muerte de Julián Sorel, joven campesino que siendo una especie de monaguillo al servicio del padre Chelan, se aprende de memoria la Biblia, en su versión latina, supongo que la traducción que había realizado San Jerónimo, del hebreo y griego al latín, llamada la vulgata. No relataré del maltrato de que era objeto por parte de su padre en razón de su dedicación a la lectura, principalmente de las Memorias de Santa Elena, de su admiración por Napoleón Bonaparte y de su poca afición al trabajo de carpintero, que era el oficio de su padre y de sus hermanos. Mucho se ha escrito sobre esta magnífica obra.
Tampoco…

… voy relatarles que por sus conocimientos y educación Julián, recomendado por el padre Chelan,  pasó a ocupar la posición de preceptor de los hijos del matrimonio del señor y señora Rênal, enamorándose de esta y a quien ella correspondiera de una manera tal que hizo quebrar su juramento de fidelidad a su marido, entregándose sin ninguno tipo de reservas, a pesar de los demonios que por esa infidelidad se habían desatado en su cabeza, atribuyéndole la enfermedad de su hijo Estanislao Javier  a esa infidelidad.

 … darles a conocer las circunstancias en las cuales ingresó Julián al seminario, y de las peripecias que pasó durante el tiempo que permaneció en ese centro, y de la protección que le ofreció su director,  el abate Pirard.

… de como el protagonista de la obra es recomendado por el abate Pirard para ser secretario en París del marqués de La Mole, donde brinda a su jefe un excelente servicio y se codea con la alta sociedad parisina de la época y de sus bonanzas hasta que llega a enamorarse, y lo logra, de Matilde, la hija del marqués de La Mole y de la marquesa de La Mole,  quien a pesar de su inconsistencia en el amor, queda embarazada, lo que llena de furia al padre de la amada.

… del desencanto de aquel compañero de Julián en su viaje a París, que comenta que abandonaba su vida provinciana, porque a pesar de nunca ocuparse de la política, tenía que huir del retiro que se había procurado luego de irse de París para buscar en el campo las frescuras de los bosques y la tranquilidad, precisamente por causa de la política. Que su desgracia había comenzado cuando quiso dar doscientos o trescientos francos anuales para los pobres, pero se lo pidieron para las asociaciones de carácter religioso, y al negarse comenzaron los insultos. Que hasta el juez de paz, hombre honorable, pero por temor a ser destituido, siempre falló en su contra. 

… las estratagemas a las que recurrió el marqués con la finalidad de salvar el honor de su hija Matilde, mancillado a consecuencia del embarazo de su hija, el cual troncha su posible matrimonio con el noble Croisenois. Y de como a consecuencia de esto Julián adquiere una relevancia social y económica de mucha importancia.

… de la reacción de Julián al enterarse mediante una carta enviada por la señora Rênal, primer amor de Julián y causa de su muerte, al marqués padre de Matilde, lo cual lo lleva en un acto de locura a trasladarse hasta Verrieres y cometer en la iglesia un atentado contra la vida de la señora Rênal a quien no logra matar, pero si herirla en la espalda, lo que lo lleva  a prisión en espera del proceso judicial en su contra.

Pero, tampoco quiero comentarles…

… de la actitud asumida por el padre de Julián, el viejo y desconfiado aserrador, cuando fue a visitar a su hijo en la cárcel y al este manifestarle que tenía algunos ahorros y que el Señor lo había inspirado para que dejara a cada uno de sus hermanos mil francos y el resto a su padre, este le dijo: “De acuerdo; no olvides que ese resto me lo debías; pero, ya que Dios te hizo el favor de tocarte en el corazón, si quieres morir como buen cristiano es necesario que empieces por saldar tus deudas. Todavía están pendientes los gastos de tu educación y alimento, que  yo adelanté y de los cuales nunca te has acordado”.

… de los esfuerzos y tráficos de influencias tanto de Matilde como de la propia víctima, quien le reitera a Julián su amor, así como del empeño del abogado defensor por obtener un descargo de su cliente, siendo en vano todos esos esfuerzos, pues al final Julián es condenado a morir en la guillotina.

… de cuando Julián, tratando de convencer a Matilde de que se case con el señor Croisenois, ella le dice que no sería posible a causa de su deshonra, expresándole él que su crimen, sin el móvil del robo, no tenía nada de deshonroso; que en algún tiempo un legislador consiga la supresión de la pena de muerte, y que entonces en ese momento habrá siempre una voz amiga que dirá: el primer esposo de la señora de La Mole fue un loco, pero no un pillo; que fue absurdo cortar aquella cabeza.

… de cuando el juez somete a Julián al correspondiente interrogatorio y ante su asunción de culpabilidad, declara: “Pero, ¿no se da cuenta que reconozco mi culpabilidad? Vamos mi estimado señor, puede tener la seguridad de que la presa no se le escapará. Tendrá la satisfacción de condenarme. Lo único que le pido es que me ahorre su presencia.

… de cuando el presidente del tribunal que lo juzgaba por atentar contra la vida de su adorada señora Rênal le pregunta a Julián si tenía algo que decir, expresando este: “Señores miembros del jurado: el horror que me inspira el desprecio, y que supuse poder desterrar en el momento de la muerte, me obliga a  hablar. No tengo, señores, el honor de pertenecer a su clase, motivo por el cual sólo ven en mí un modesto campesino que ha tenido el atrevimiento de sublevarse contra la modestia de su suerte”. “No les pediré  ninguna gracia. Tampoco tengo ilusiones vanas; sé muy bien que me espera la muerte y la considero justa. He atentado contra la vida de la mujer más digna de respeto, de todos los homenajes”.

… de cuando en su celda Julián dijo, en una referencia a las visitas constantes de Matilde, que ya les resultaban odiosas,  que la mayor desgracia de la cárcel era la de no poder cerrar la puerta de la celda.

… de como Matilde, una vez guillotinado Julián, y por lo tanto su cuerpo separado de su cabeza, entró en una habitación y encendiendo unas velas colocó la cabeza de su amado sobre una mesa y con pasión besaba en la frente, y luego, mientras un gran número de personas seguía el ataúd con el cuerpo sin cabeza, ella sola, encerrada en un coche, llevaba en sus rodillas la cabeza de Julián, y al quedar sola con el fiel amigo Fouqué una vez sepultado el ataúd,  enterró con sus propias manos la cabeza de quien le hizo perder precisamente la cabeza por amor.

Lo que me anima y  quiero destacar en esta entrada es cómo la influencia política ha cambiado no solamente el curso de la historia, sino también hasta los accidentes geográficos de los pueblos, como lo hizo el alcalde de Verrieres, el  señor Rênal,  esposo de la primera amante de Julián.

Verrieres es una pequeña ciudad francesa cercana a las montañas que separan Francia de Suiza, cuyo alcalde Rênal es el dueño de la fábrica de clavos del pueblo, a la cual debe su bonanza económica. Es un hombre de recio carácter, un poco empequeñecido por su condición de industrial y no de noble, que se caracteriza por su talento de hacerse pagar con la mayor exactitud lo que se le debe, demorando, en cambio todo lo que sea el pago de sus propias deudas. Es el propietario de una hermosa casa que ha sido construida con las ganancias obtenidas en su fábrica de clavos, sobresaliendo un gran jardín, lo que llama la atención porque en ese lugar los terrenos son muy costosos. Parte de ese jardín fue construido en tierra que ocupaba el aserradero del señor Sorel, lo cual para adquirirlo el señor alcalde tuvo que pagar una considerable suma de dinero y doblegar su orgullo ante el propietario de ese aserradero.

Las negociaciones entre el señor Rênal y el señor Sorel fueron muy intensas porque el aserradero utilizaba su fuerza motriz del agua proveniente de un riachuelo que atravesaba el pueblo, y su traslado a otro lugar de la ciudad conllevaría que no se podía utilizar el agua del riachuelo para el funcionamiento del aserradero. El señor alcalde garantizó al viejo propietario del aserradero que eso no sería ningún problema. En efecto, luego de unas exitosas elecciones y la gracia de unos amigos que tenía el señor Rênal en París, logró que el riachuelo público fuera desviado en su curso para que el nuevo aserradero del señor Sorel pudiera beneficiarse de sus aguas para el funcionamiento del mismo.


La actitud del señor alcalde Rênal es muy parecida a muchos políticos contemporáneos, que a fin de obtener beneficios particulares son capaces de desviar hasta el sentido de la historia. 

sábado, 12 de julio de 2014

“Me lo contó el Ozama"


Un libro cautivador, pero con lectores cautivos



Mientras el pasado 29 de junio asistía a la apertura de la mini feria del libro que con frecuencia organiza los domingos  la dinámica Verónica Sención en un reconocido centro comercial de la ciudad, comenté con algunos intelectuales y libreros expositores que acababa de leer un interesante libro que hasta que llegó a mis manos desconocía su existencia, de la autoría del prolífico Bernardo Vega con el título “Me lo contó el Ozama”. El desconocimiento de esa obra por parte de las personas con quienes conversé, y más en ese ambiente, me desconcertó, razón por la cual cuando regresé a mi hogar leí los créditos de la obra, y ahí encontré la respuesta.

Tal vez la razón de ser del poco conocimiento que de ella se tiene es que fue una publicación de Cumbre Nazca Saatchi & Saatchi, para la Fundación AES Dominicana, cuyo autor, como dije anteriormente es Bernardo Vega. Siendo así es lógico pensar que el mercado de circulación era un mercado cautivo, quizás para ser distribuidos entre amigos y relacionados.

“Me lo contó el Ozama” fue un obsequio de  la empresa patrocinadora por haber accedido a dictar una charla a sus empleados sobre los valores. ¡Confieso que me pagaron con creces lo que para mí no era más que una contribución a resaltar la buena conducta de los ciudadanos en la sociedad, pues se trata de una magnífica obra,  de cuyo contenido quiero comentarles mi impresión.

El Ing. Pedro Delgado Malagón, uno de nuestros sólidos intelectuales, en el “Preludio a las voces de un río”, que aparece en el misma obra, nos dice que “El espíritu de esta ciudad y sus manes tutelares habrán de agradecer a la tenacidad de Bernardo Vega el compilar y aprehender estas figuras y estos recuerdos que, cual Ofelia, ahogada de amos entre los sueños y las flores, se nos escapan en los caudales oscuros de un Ozama inextinguible. En el que, alguna vez, bien pudo Narciso mirar su rostro reflejado en el espejo de esas aguas claras y primaverales, que asombraran a los primeros errabundos de la Europa lanzada al abismo de un ensueño remoto y violento y desmedido”.

Un valor agregado que posee la obra es haber rescatado del olvido no solamente el poema “Romance al Ozama”, sino a su propio autor, el enigmático Juan Sánchez Lamouth, quien escribiera:

Deseo preguntarte río maestro
Que aún conservas leyendas de los colones y los filibusteros,
Si el pueblo fue hasta ti,
O fuiste tú que fuiste rumbo al pueblo.

Se trata de gran parte de la historia de la ciudad de Santo Domingo contada por el río que le da nombre a la obra: el río Ozama. Su autor pone en boca del río, convertido en un ameno narrador,  su propia opinión sobre los hechos relatados, así como la de otros historiadores, con documentos veraces.

El Ozama, ya no con sus aguas cristalinas, como las que poseía cuando comienza su narración y sin poseer “muchos pescados, de muy  hermosas lizas” y “grandes manatís”, sino esas aguas que arrastran miserias, mugre, contaminación y desesperanzas, nos cuenta la razón por la cual la primera ciudad de la isla, denominada La Isabela, fue fundada en el norte y posteriormente trasladada hacia sur, con el nombre de Nueva Isabela, y posteriormente Santo Domingo, para lo cual fueron convencidos los colonizadores por otro español enamorado de la india  Ozema, de que en esa parte de la isla era que se encontraba el oro.  Desde el principio el río aclara que su nombre no se debe a la india Ozema, sino que desde antes los indios taínos  lo llamaban así.

El río da su propia versión sobre las razones por las cuales la ciudad de Santo Domingo fue fundada en su margen oriental y no con su frente al mar, como debería haber sido, sino frente a él, explicando brevemente que de esa manera se protegía con los altos farallones existentes y porque además por el lado del mar este impedía su entrada, pues carecía de playa. Se lamenta el narrador de que los historiadores no se hayan puesto de acuerdo en cuanto a la fecha en que Bartolomé Colón fundó la ciudad que lo bordea, barajándose los años 1494, 1496,  1497 y 1498. Da testimonio de que sí fue trasladada a la margen occidental en el año 1502 por Nicolás de Ovando, quien llegó a la ciudad acompañado de más de treinta carabelas. Fue testigo del apresamiento y engrillamiento en 1498 del Almirante de la Mar Océana, don Cristóbal Colón, en una profunda fosa, encima de la fuente de agua en la ribera oriental.

En su amena narración el río Ozama nos recuerda que desde su desembocadura partieron flotas y personas que conquistarían nuevos mundos, como Francisco Pizarro, hacia Perú; Hernán Cortés, hacia México; Diego Velásquez, hacia Cuba; Rodrigo de Bastidas, hacia Panamá y Colombia y Alonzo de Ojeda, hacia Venezuela, entre otros. Allí apareció mucho oro, pues en esta isla tan solo aparecía en los ríos. Con nostalgia nos cuenta que con la conquista de Tenochtitlán en 1521, la ciudad de Santo Domingo comenzó a perder importancia.

Nos dice que Santo Domingo era tan pobre en el año 1690 que un visitante escribió que “celebránse los días de preceptos misas de noche, mucho antes de amanecer, porque de no ser así se quedarían sin oirla las dos tercias partes de la gente de ambos sexos, por no tener vestidos decentes en la ciudad donde todos son conocidos”

Nos relata las devastaciones de Osorio y sus consecuencias; diferentes invasiones de las grandes potencias y las veces que el pabellón nacional fue arriado y enhestado según el país del conquistador de que se tratara. Así como de las tropelías cometidas contra la ciudad y sus habitantes por los diferentes piratas, entre ellos, Drake. Nos explica el origen de Haití y las invasiones y lucha por la independencia que tuvimos que librar en diferentes épocas y contra diferentes naciones.

La narración le da mucha importante a la llegada antes de los seis años posteriores a la Independencia de 1844 de  dos americanos, uno de ellos llamado Melbye, quien se trasladó a la ribera oriental del río y pintó a color  lo que se puede considerar el primer cuadro sobre el entorno del río y tal vez el primer cuadro paisajístico hecho en la República Dominicano. El otro pintor, Camille Pizarro, descendiente de dominicanos, no usó colores, sino plumilla, pintando la playa occidental del Ozama. Ambas pinturas aparecen reproducidas en la obra.

En “Me lo contó el Ozama” aparece una pintura de Taylor, pintor importante que trabajaba para reconocida revista ilustrada, quien llegara en el año 1871 a bordo de la fragata de carbón Tennessee, en la cual se plasma el mercado de la playa, frente a la Puerta de San Diego, donde se observa la gran ceiba en el fondo y la báscula para pesar la madera preciosa que se exportaba, así como un buey, usual medio de transporte en la época.

Nos cuenta la obra la llegada en el año 1858 de la fragata norteamericana Colorado, considerado como el primer barco llegado al país que utilizaba carbón para su locomoción. Así como en el 1869 el buque Tybee, corbeta de madera con motor de vapor,  iniciaba el primer servicio regular ente Nueva York y Santo Domingo.  Pero también de la llegada durante el gobierno de José Bordas Valdez, en el año 1914,  del primer avión, que aterrizó en una zona llana de Pajarito, y del primer hidroavión.

Así discurre la obra, narrando con elegancia todos los acontecimientos más importantes  ocurridos en la ciudad de Santo Domingo: la construcción en el año 1876 del primer puente sobre el Ozama, construido de hierro y madera por un extranjero llamado Howard Crosby al cual había que pagarle para cruzarlo y que una corriente de agua lo destruyó; la construcción y destrucción parcial del puente Ulises Heureaux a causa del ciclón San Zenón; la ocupación norteamericana el año 1916; el encallamiento del acorazado norteamericano Memphys, en el antepuerto.

Ya en su parte final de la obra el río nos dice que el sátrapa Trujillo fue el que más lo perjudicó, no obstante haber adquirido fuerza política y militar desde la fortaleza Ozama, haciendo construir un feo y alto muro alrededor de ella para evitar que sus presos políticos pudieran escapar de la Torre del Homenaje, tapando el paisaje que por más de cuatrocientos años había caracterizado la ría y su entorno, un alto despeñadero sobre el cual se batían las olas. Pero también construyó toda una larga avenida bordeando el mar, que llamaría “US Marine Corps”. “Mi ciudad, que siempre tuvo de cara al curso fluvial, al lado pero no frente del mar… de espaldas al mar, ahora, de pronto, miraba hacia él, no hacia mí”.

La nostalgia de la obra se deja sentir cuando el río nos dice que los barcos de carga dejaron de venir por su cauce, así como los pasajeros, pues se fueron a otros ríos, excepto lo que ahora traen a grupos de extranjeros que solo pasan horas en sus aguas. Esos grandes buques de lujo se fondean en la margen oriental, pero debido al muro construido por el dictador sus pasajeros no pueden apreciar la fortaleza y sus peñascos. El poeta José Mármol, al contemplar mi deterioro, me describiría como una “superficie de luces agotadas donde apenas el sonido de la sombra suena”.

Concluye desgarradoramente el río: “La vida está llena de ironía: La noche que los dominicanos, por fin, salieron de ese señor, acribillándolo a balazos, lo hicieron precisamente en esa larga avenida que bordea el mar, y fue de ese mara, y no mi cause, los último que ve ese mal hombre”.

La obra “Me lo contó el Ozama”, en el fondo de lo que trata es de una crítica al estado en que se encuentra ese río que antaño tenía “muchos pescados, de muy  hermosas lizas” y “grandes manatís”, y hoy muere poco a poco con la indiferencia consciente de sus habitantes, que prefirieron darle el frente al mar y a él sus espaldas. ¡Qué pena que el auditorio donde el río expresa sus sentimientos no tenga mayor capacidad para escuchar sus lamentos!